La batalla de Muret

Considerando la cruzada contra los cátaros, el Rey de Aragón Pedro el Católico, desafío a Simón de Montfort a una batalla que le resultó fatídica.

Jueves 12 de septiembre de 1213 por la mañana, en El Burgo de Moret situado a unos 20 kilómetros al sur de Tolosa de Francia, Toulouse, en la confluencia del río Garona y sus afluentes Loja separadas por un foso del Castillo, siete obispos 3 abades y un número incontable de clerigos permanecen reunidos en el templo rezando.

A través de las ventanas y vitrales llegan ecos del combate encarnizado y fragoroso, terrible y nos relata las crónicas “sus oraciones y sus clamores subían al cielo y vista la magnitud del peligro lanzaban mugidos que debería decirse que aullaban más que rezaban”.

¿Qué clase de peligros se cernía sobre los prelados y los sacerdotes que se revistiera de tal dramatismo sus plegarias? ¿cuál es la singular trascendencia de aquel suceso histórico que había llegado a alumbrar en el interior de sus protagonistas la percepción de estar viviendo un momento decisivo?

Para responder con precisión a esas preguntas no resulta indispensable primero echar la vista atrás.

castillo de muret
Un siglo antes los habitantes de los contactos de Tolosa y de Foix, el vizcondado de Carcasona, Beziers y Albi y el vizcondado de Narbona, es decir, los territorios que más tarde serán conocidos con el nombre común de Languedoc. Habían asistido con sorpresa para la expansión de nuevo movimiento religioso una iglesia que pretendía regresar a los orígenes del cristianismo y emular la vida de los apóstoles de Jesús de Nazaret en unos tiempos en los que la Iglesia de Roma constituirá un auténtico poder terrenal y se había alejado en muchos aspectos del mensaje evangélico.

Una herejía peligrosa este nuevo puerto real era el catarismo, una doctrina dualista que rechazaba los sacramentos católicos y que buscaba una respuesta a los grandes interrogantes de sus coetáneos acerca de su propia existencia y del problema del mal en el mundo.

Como vía de salvación y de retorno al Paraíso Perdido y el catarismo postulaba la recepción de un bautismo de fuego y del espíritu que recibía el nombre de consolamentum era esta una iglesia peligrosa que operaciones distintas y algunas variantes doctrinales extendía su estética por muchos puntos de la cristiandad, el territorio oriental de los Balcanes, Bulgaria y Asia Menor hasta Renania, el Norte de Italia, el reino de Francia en el occidente. Una corriente religiosa en fin que aun siendo minoritaria emponzoñada no sólo la plebe ignorante , sino también las salas de los castillos y las pilas de la propia nobleza.

La Iglesia Católica gobernada desde 1198 por el gran instaurador de las teocracias pontificias Inocencio III , era consciente de la peligrosidad de tales ideas. Las autoridades eclesiásticas veían como en el propio corazón de la cristiandad se estaba expandiendo la influencia de la herejía, aumentaban las burlas a las prácticas católicas y surgían resistencias al pago de los diezmos eclesiásticos y algunos, incluso se reían sin rubor de los representantes del Papa.

Los señores feudales que deberían haberse elegido teóricamente los grandes baluartes de la fe en el territorio de Languedoc hacían caso omiso de las recomendaciones y exigencias papales y toleraban la propagación del catarismo, Cuando no se convertían en sus más fervientes adeptos.

Por otra parte Inocencio III comprendería muy pronto que tampoco podía confiar la extirpación del catarismo a la inoperancia y el mal ejemplo de un clero local desprestigiado y demasiado implicado y el aristocracia local.

Vista la ineficacia y la lentitud de ciertos medios pacíficos como el envió delegados papales, la celebración de coloquios públicos, o la predicación de Domingo de Guzmán pronto sentiría la necesidad de recurrir a métodos más expeditivos y violentos.

La Iglesia de Roma había ido atestiguando un cuerpo doctrinal que no solo legitimaba su plena intervención en los asuntos seculares, sino que justificaba el uso de las armas y la formación de unos ejercicios que luchaban el nombre de Dios contra los infieles. Así habían nacido las cruzadas en Tierra Santa y así se asimilara a la guerra santa contra la herejía de los infieles.

La cruzada albigense

Así las cosas y tomando pie en el asesinato de su legado Peire de Castellnou en 1208 Inocencio III acabo dictando una resonante bula “adelante Caballeros de Cristo adelante intrépidos miembro del ejército cristiano, que el grito universal del dolor de las anteiglesias arrastre. qué un piadoso cielo os enardezca, para vengar una ofensa tan enorme infligida vuestro Dios”.

De esta forma solicitaba a los prelados y nobles de la cristiandad que tomaran las armas para vengar la muerte de legado y el terminar de una vez por todas la herejía. Aquella llamada a la guerra santa acompañada de indulgencias para los pecados y está la promesa de recompensas materiales fue seguida de una intensa predicación y no cayó en terreno baldío.

En la primavera de 1209 se puso en marcha hacia el valle del Rodano un verdadero ejército internacional, integrado fundamentalmente por varios obispos, por caballeros franceses, occitanos y en menor medida alemanes y como suele ser costumbre en esta clase de expediciones, por una enorme masa de mercenarios.

Dirigió las tropas en nombre del Papa , el abad Arnau Almaric de origen catalán, dado que el rey de Francia se había negado a encabezarlas.

La crónica de los primeros meses de esta cruzada, es la de una campaña triunfal y brutal al mismo tiempo en julio cayó Beziers , donde se produjo una masacre ejemplarizante y tristemente célebre.

Los legados pudieron presumir ante el papá de “que la venganza divina había logrado maravillas”. Después cayeron en manos de los cruzados un centenar de pueblos abandonados por sus vecinos, y en agosto de ese mismo año te 1209 la milicia entró en Carcasona tras tres semanas de sitio.

El joven vizconde acabaría muriendo 2 meses después las mazmorras de su propia ciudad. Para sustituirle y por derecho de conquista, el abad eligió entre los hombres cruzados, a un señor de la Isla de Francia, lleno de piedad y de ambición, brillante estratega militar y guerrero sanguinario, Simón de Montfort. Él sería a partir de ese momento el nuevo Vizconde de Beziers y Carcasona y el caudillo del ejercito cruzado.

simon-de-montfort

En tan solo dos meses los cruzados se habían apoderado ya de las cuatro capitales del vizcondado de los Trencavel, Carcasonaa, Toulouse y Albi. Pero la llegada del invierno se saldó con las pérdidas de algunas plazas ya conquistadas, mientras tanto la cruzada estaba creando considerables problemas al soberano de la Corona de Aragón, Pedro el Católico, señor de la tierra Carcasona y pariente o estrecho aliado de los principales nobles occitanos.

El Rey tras una primera fase de Obligado inmovilismo mostró su descontento por los ataques cruzados negándose a recibir el homenaje del vizconde de Montfort hasta 1211. El periodo siguiente significo la conquista por parte de los cruzados de nuevas plazas importantes de Languedoc. El terror se extendió por las comarcas y progresivamente los condes de Tolosa y Foix  se vieron rodeados por las tropas francesas reforzadas por nuevos contingentes.

Todo ello propicio el primer asedio de Tolosa 1211, que se saldó con un fracaso para los cruzados si bien el resto del condado que hay hermano de Simón de Montfort 1212.

La ofensiva del rey de Aragón

En ese contexto, Pedro el Católico consciente del quebranto que estas conquistas suponía para sus intereses ultra pirenaicos y crecido tras su brillante participación y en la gran batalla de las Navas de Tolosa en 1212, decidió hacer frente al avance imparable del ejército de Dios. Acepto cómo vasallos a los principales señores occitanos que no dependían todavía de la corona aragonesa y se comprometió a protegerles.

El precio de esta empresa era el enfrentamiento inevitable con las huestes de los cruzados.  Pedro el Católico busco conflictos en todas partes a sus rivales, reclutando efectivos y recabando préstamos. Quería liquidar la cruzada, eliminar de una vez por todas a Simón de Montfort y sobre todo convencer al Papa Inocencio III de que el señor podría cumplir su deber de asegurar la ortodoxia de sus vasallos occitanos.

Sin duda alguna un combate frontal en campo abierto, planteado sin ambages, como un auténtico juicio de Dios resultaba la forma más expeditiva de conseguir estos fines y al castillo de Muret por su situación estratégica su llanura y la relativa debilidad de su fortificación, era el mejor escenario posible.

Los dos ejércitos llegaron al enfrentamiento en condiciones muy distintas, a un lado estaban las tropas cruzadas integradas por unos 1000 caballeros y 700 peones de infantería apostados en el castillo de Muret y al otro lado el ejército del rey de Aragón integrada por catalanes, aragoneses y occitanos acampados en elevaciones al oeste de Muret y formado por entre 2000 y 4000 caballeros y de 4000 a 10000 peones.

La superioridad de Pedro el Católico era pues manifiesta y por ello los pronósticos resultaban claramente favorables al reciente vencedor de las batallas de las Navas.

La batalla decisiva

El desarrollo de la batalla de Muret ha dado pie a múltiples versiones e interpretaciones, aunque puede decirse que transcurriera la siguiente forma: Admitiendo que a ambas fuerzas contendientes les convenía igualmente un combate a campo abierto, inicio las hostilidades el rey catalán aragonés que va a realizar una incursión contra el burgo para provocar la salida de la caballería enemiga.

Así sucedió pero Montfort hizo amago de retirarse para tener fuera de sus posiciones a la caballería del Rey. Pedro el Católico dispuso entonces a sus escuadrones en orden de batalla para caer sobre los cruzados, pero de repente estos últimos se dieron la vuelta por sorpresa y ambos ejércitos divididos en sus tres tradicionales cuerpos se lanzaron al galope con sus lanzas en ristre.

El choque fue de una terrible violencia el hijo del conde diría que “el choque de las armas y al ruido de los golpes eran llevados por el aire hasta el lugar donde estaba no menos que si hubiera sido un bosque que que diéramos una multitud de hachas”.

Necesidades internas del rey de Aragón, a menos que no fuera un error de cálculo, aconsejaron situar al conde de Foix en primera línea con los catalanes y a los condes de Tolosa y de Cominges en la zaga. Esto hizo que Pedro el Católico y su mesada aragonesa se ubicarán temerariamente en el cuerpo central de sus huestes, posición peligrosa y que seria fatal.

En efecto, rota las filas del cuerpo delantero, los cruzados penetran en el cuerpo central de sus enemigos, y fue en ese momento cuando un combatiente clavo una lanza en su costado al Rey de Aragon, que le causo la muerte inmediata.

Probablemente el caballero agresor no se ha percibido de la auténtica personalidad de su víctima, ya que siguiendo una práctica común en la época, Pedro el Católico había intercambiado su armadura con otro caballero. El rey pues, murió en el anonimato de la confusión y del fragor del combate y junto a el cayeron los nobles y caballeros aragoneses de su heroica mainada.

Por su parte Montfort que creía en dificultades a sus dos escuadrones había ordenado al Tercer Cuerpo de Ejército un amplio movimiento envolvente por la izquierda de la llanura, para atacar la reserva de las huestes enemigas, sin embargo pronto corrió la voz de que el Rey de Aragón había perecido en el combate y eso se tradujo en un rápido abandono del terreno por las tropas del rey caído y en una auténtica desbandada que otorgó a los cruzados el pleno también en el campo de batalla.

Una derrota sin paliativos

Montfortmando entonces a sus caballería contra la infantería Tolosana que estaba intentando el asalto de la plaza fuerte, de modo que esta última se encontró atrapada entre las murallas y los caballeros franceses y fue rápidamente masacrada.

Ni que decir tiene que el desconcierto y el pánico entre los hombres del difunto rey fueron mayúsculos. Muchos se lanzaron al río Garona para acabar ahogándose en sus aguas, otros atacados por la espalda, fueron diezmados por sus perseguidores. Por su parte los condes de Tolosa y de Cominges que permanecían alejados del choque principal, al observar el sesgo nefasto de la batalla optaron por retirarse.

En conclusión el ejército cruzado logró vencer a una fuerza que le superan en más de tres o cuatro veces en número. Las distintas fuentes hablan de entre 7.000 y 10000 muertos  durante la batalla, en su mayor parte miembro de la caballería aragonesa del segundo cuerpo y milicias occitanas que estaban asediando Muret.

Un dato revela la magnitud de la carnicería, hubo que habilitar en Tolosa un tribunal especial para regular la sucesión de los difuntos, puesto que los tribunales ordinarios no daban abasto.

Entre los cadáveres abandonados en la llanura, se encontraba el del rey de Aragón, desnudo en su imponente figura de más de 2 metros y despojado de sus armas y ropajes por los peones cruzados. Simón de Montfort consiguió encontrarlo al atardecer y tras rendirle honores lo entrego a los hospitaleros.

Sus restos fueron depositados 4 años después, con una espada recostada entre sus brazos cruzados, en el monasterio aragonés de Sigena, Huesca y en cuya Capilla Real se encuentra todavía hoy su sepulcro, aunque de él han desaparecido los restos del monarca.

Las consecuencias de la batalla.

Como resultado fácilmente comprensible, la inesperada derrota de Muret, tuvo importantísimos efectos, por una parte la influencia política de Aragón en los territorios de Languedoc comenzó a remitir, más de 40 años después la firma del Tratado de Corbeil en 1258, entre Jaime I primero el conquistador y Luis IX de Francia, seria definitivamente en la renuncia del casal de Aragón a sus viejos derechos y ambiciones y en las tierras occitanas de más allá de la cordillera pirenaica.

Por otra parte el ejército cruzado encontró el campo libre para seguir su campaña militar lograr la conquista de la ciudad de Tolosa y culminar sus objetivos. La cruzada contra los albigenses persigue durante otros penosos 16 años y tras una intervención decisiva de el Rey de Francia Luis VIII en su última fase, el resultado final fue la rendición en toda regla del Conde de Tolosa, que se vio obligado a firmar un humillante Tratado en 1229, qué supuso a la postre transcurridos otros 50 años la anexión de Languedoc por parte de la monarquía francesa de los Capeto en 1271.

De este modo la cruzada promovida por el papa Inocencio III con la batalla de Muret como encrucijada decisiva, permitió a la monarquía francesa ampliar espectacularmente sus dominios y conseguir una estratégica apertura hacia el Mediterráneo.

En cuanto a los cátaros, tras una cruzada que teóricamente había sido convocada para lograr su definitiva extirpación de la faz de la tierra, lo cierto es que lograron sobrevivir a la invasión. Puede decirse incluso que vieron forzados más aún sus vínculos con su comunidad natural, gracias a la identificación con la suerte de su país y gracias también a la aureola heroica de tanta sangre mártir derramada en incontables hogueras en nombre de su fe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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